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Salsa de Colección - Recomienda a tus amigos... Rumba y Guateque, llegó y pegó.

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¡A gozar de nuevo con Julián y su Combo y Los Afroins!

 

Por: Luis Daniel Vega

Durante los años cincuenta, Medellín se consolidó como el epicentro de la industria discográfica en Colombia a consecuencia del crecimiento urbano y el impulso de los mercados internos. La compleja entrada de la modernidad al país se dio en medio de contradicciones sociales dramáticas.

La etnomusicóloga Carolina Santamaría expone una interpretación precisa del panorama en su libro ‘Vitrolas, rocolas y radioteatros: hábitos de escucha de la música popular en Medellín, 1930- 1950’ (2014): “Para mediados del siglo XX, el país había sufrido una serie de profundos cambios. De ser predominantemente rural a principios del siglo, había pasado a ser una “nación de ciudades”. La violencia y la industrialización fueron importantes fuerzas que impulsaron a miles de colombianos a mudarse a ciudades, y puede decirse, de manera un poco perversa, que la combinación de ambas fue un factor importante en la prosperidad económica del periodo”.

Lo anterior trasluce, como bien apunta Santamaría, un contraste infame: mientras en las zonas rurales sucedían ominosos episodios, en las ciudades se escribían capítulos memorables de nuestra música popular.

Las tres primeras casas disqueras fundadas en Medellín fueron Sonolux, en 1949; Codiscos, en 1950; y Silver, en 1951. En esta última –célebre por editar más de un centenar de piezas de Lucho Bermúdez, su director artístico- trabajaba como promotor Guillermo Galeano, quien a mediados de la década abandonó la empresa y creó Metrópoli, un empeño fonográfico de corta vida. Allí terminó de aprender los tejemanejes del negocio y arrancó su siguiente aventura que lo mantendría ocupado durante tres lustros.

En 1964, Guillermo Galeano formó una sociedad comercial con el empresario de origen judío Jaime Bielagus y Diego Jaramillo, un viejo empleado de Sonolux. Se hicieron al catálogo de Silver, recapitularon el de Metrópoli y echaron a andar el sello Industria Nacional del Sonido, por sus siglas, mejor conocido como INS. Instalaron sus oficinas en una gigantesca bodega ubicada en la zona limítrofe de los barrios Colores y Cuarta Brigada, a una cuadra de la quebrada La Iguaná. Acomodaron un par de prensadoras –que llegarían a ser diez- y construyeron un pequeño estudio. De aquel lugar solo quedan las murallas.  

Los cimientos del sello se edificaron sobre una idea muy estratégica: resaltar la identidad antioqueña a través de músicas parranderas y cantineras que popularizaron con artistas como Agustín Bedoya, Rómulo Caicedo, Gildardo Montoya y Los Relicarios. La línea editorial también se enriqueció con Fabuloso y Corona, dos marcas especializadas en rancheras, tangos y boleros. 

Así, ya con el capital suficiente para expandirse, a comienzos de los setenta Galeano y sus socios incursionaron en la divulgación de sonidos tropicales: con los oídos atentos y el olfato pecuniario aguzado le abrieron el terreno a las cumbias y la salsa peruanas gracias a la licencia del sello Infopesa cuyas innovadoras referencias (Juaneco y su Combo, Los Mirlos, Manzanita y su Conjunto, el Combo Palacio o Tito Chicoma) sonarían por primera vez en las emisoras locales.  

La escalada tropical de INS no estuvo subordinada a la distribución y licenciamiento de marcas extranjeras. Esto fue apenas un apéndice curioso si tenemos en cuenta que por esos mismos años aparecieron en el catálogo sencillos y discos de larga duración firmados por íconos de la música costeña como Aníbal Velásquez, la Banda 19 de Marzo de Laguneta, Andrés Landero, Morgan Blanco, Alonso Pedrozo, Marciano Torres, Marcial Marchena, Policarpo Calle, Ángel Vásquez, Alfonso Piña y Enrique Díaz, quienes dejaron huella en microsurcos que contienen, entre otros aires, porros de orquesta y de banda, cumbias con acordeón, vallenato, guaracha y merengue. 

La geografía bailable de aquella faceta del sello no estaría completa sin una buena dosis de salsa colombiana. Fue en ese terreno donde la compañía discográfica dejó para la posteridad algunos registros memorables. 

Los buenos resultados que arrojó licenciar el catálogo de Infopesa y otros venezolanos como Discaracas y Evesol, además de la popularidad que a mediados de los setenta gozaba la salsa de origen neoyorquino, pusieron en alerta al sello que se la jugó por bandas locales de sonido duro. 

Ficharon, por ejemplo, a Octava Dimensión, de Santiago Mejía, Pluma y sus Ocho Octavos, de Humberto Pabón, Alfredito Linares, Billy y su Combo, Negua y su Gente, Colombia All Stars, de Carlos Carvajal, Julián y su Combo, Conjunto Miramar y Alonso Guarín. Además, con músicos de planta del estudio, crearon Los Afroins, un grupo exclusivo del sello.

Aunque gozaron de aceptación local, fueron proyectos efímeros. Muchas de estas agrupaciones terminaron triunfando fuera del país o, tristemente, no saltaron del vinilo a los escenarios. Muy pronto sus discos se convirtieron en curiosidades guardadas con celo por coleccionistas escrupulosos e inalcanzables dados sus elevados precios en el mercado del usado. 

A lo anterior habría que sumarle el fin de INS en 1980, año en que la compañía fue comprada por FM Discos. Quedó así truncada la posibilidad de que circulara de nuevo el material sonoro de uno de los episodios más fulgurantes –y brumosos-  de la historia de la salsa colombiana.

Cuando ya nos habíamos resignado a disfrutar de este repertorio a través de los mares agridulces de youtube –o aun esperando un certero golpe de suerte en alguna excursión vinilera- las buenas noticias nos han tomado por sorpresa. Llegan desde Madrid, centro de operaciones del sello Vampisoul, que en su loable empeño documental en torno a la música tropical colombiana ha desenterrado tres joyas del inescrutable catálogo salsero de INS.

Se trata, por un lado, de los dos únicos discos grabados por los Afroins, combo dirigido por el pianista Agustín Martínez El Conde. Con las voces de Lucho Puerto Rico y Ray Betancourt, los arreglos del pianista peruano Alfredito Linares –encargado de supervisar la banda cuando se desempeñaba como director artístico de INS-, el finado Luis Felipe Basto y Luis Mosquera, ‘A gozar salsómanos con los Afroins’ (1974) y ‘Goza la salsa’ (1975) son un par de registros que según Pablo E Iglesias, responsable de la reedición, “contienen tesoros brillantes y atrevidos de salsa dura que encienden la pista de baile con sus ritmos imparables, metales sincopados y melodías optimistas”.

Ese mismo talante vigoroso puede describir la música del guapireño Julián Angulo Ponce, guitarrista zurdo que empezó su carrera en Bogotá por allá en 1962 cuando grabó para el sello Vergara. Mientras sus primeras grabaciones están emparentadas con el ritmo de pachanga, ‘Noche de fiesta’ (1975), la primera de las dos que firmó en INS, revelan una profunda cercanía con el latin jazz, el acervo afroantillano y el funk. Clásico recóndito de nuestra salsa, fantasía de melómanas y melómanos, as bajo la manga de la persona que pone a girar los discos, este registro contó, también, con la impronta de Linares en los arreglos y la voz de José Arboleda, baterista que acompañó a Angulo en casi todas sus grabaciones.

¡A gozar! 

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